Lo Que Pasó En Bahidorá

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Nota por @Shermanizer

Este sábado tuve el honor de asistir al festival de Bahidorá, que se llevó a cabo en las Estacas, un lugar paradisiaco para un festival. Desde el momento que puse un pie en el sitio, sentí que lo que estaba por ocurrir ahí sería algo inolvidable y no me equivocaba.

La magia y la energía del festival eran palpables en el aire, como si al respirar, tu cuerpo se inundara de un espíritu sobrenatural que te hiciera perder todas tus preocupaciones, haciéndote olvidar cualquier problema terrenal, para entregarte de lleno a una de las mejores experiencias musicales y artísticas que podrías encontrar en el planeta.

Con un line-up maravilloso, que conjugaba una variedad de sonidos eclécticos; artistas nacionales e internacionales se integraban con sus propuestas para no detener la fiesta. Una combinación de Reggae, Rock, Electrónica, Cumbia, y ritmos tropicales, es lo que hace tan especial a este festival, en dónde lo mejor es llegar con los oídos abiertos y la mente en blanco, para empaparte de todas las propuestas, aunque seas un amante de hueso colorado de la música electrónica.

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Con dos escenarios, la música no se detuvo ni un solo momento desde la apertura del festival a las 2 de la tarde del sábado; hasta la clausura al día siguiente, a las 3 de la tarde.

El primer escenario: Jardín central, se encontraba en el centro del parque, una construcción impresionante, llena de humo y espejos, que parecían robados de algún cuento de Michael Ende, en dónde una serie de figuras triangulares hacían juego con las luces de colores. Todo esto rematado en la punta, por la ‘B’ icónica del festival.

En la pista, el terreno vegetado se veía interrumpido simplemente por una serie de tubos que se alzaban del suelo, para que la gente depositara las colillas de cigarro, manteniendo así limpio el parque, y haciendo algo bellísimo que nunca había visto en ningún otro festival: respetando el entorno natural en donde se llevaba a cabo el festival.

El segundo escenario, salido directamente de un sueño era el asoleadero, un templete discreto, cubierto de vegetación, que se encontraba en un islote en medio del rio. Un lugar perfecto para poder echar un chapuzón, mientras escuchabas la música más exquisita. Para bailar en la orilla del río, y beber una o dos cervezas en los vasos de edición especial, o una cuba en los termos diseñados exclusivamente para la marca de ron que patrocinaba el festival.

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En cuanto a la comida, no hubo una sola queja. Es claro que tenemos que darle un enorme aplauso al chef, pues los restaurantes invitados, entre ellos “We love burgers condesa” “bocagrande” “Godinez” y otros más, servían una serie de exquisiteces que a cualquiera le harían agua la boca.

Todo esto se complementaba con una serie de instalaciones artísticas, dos albercas, un lounge tipo árabe, unos columpios y stands de distintas marcas que patrocinaban productos. Además de la zona de acampar, dónde los asistentes podían ir a descansar. El festival lo tenía todo para seguir hasta que el cuerpo aguantara.

Y cuando hablamos de la música, no me doy abasto.

La inauguración del festival, la hicieron grupos de ritmo tropical, que con la síncopa de la cumbia pusieron a bailar a todo el mundo. La Yegros, una diosa argentina con su maravillosa voz, acompasada con un acordeón organizó un bailongo de esos que solo se hacen en las fiestas de pueblo. Por otro lado, en el asoleadero, los Frikstailers (con los que tuve el honor de platicar directamente) hicieron lo suyo con sus instrumentos excéntricos; un tapete de dance dance revolution, una guitarra de guitar hero o un control de wii, son algunas de las cosas que estos chicos integraban a su raider para hacer algunos de los sonidos cósmicos que acompañan a su ritmo de arrabal.

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Las propuestas de Hip-hop no se quedaron atrás, Mc Melodee, destruyó la pista con sus rimas, mientras interactuaba con su público (que aunque era poco, por la hora en la que se presentó) que cantaba y repetía los coros mientras levantaba las manos en el aire. Lo mismo ocurrió con De la Soul, un trio compuesto por dos Mc’s y un dj, que comenzaron su presentación cuando cayó el sol. Al grito de “Is the party over here?!” la respuesta de gritos a la mutitud, nos dejó claro que la fiesta sí estaba ahí. Mientras los mc’s hacían lo suyo, Dj maseo, demostró una maestría en las tornamesas aprovechando los sonidos del vinil para hacernos una demostración de que significa realmente se un Dj de vieja escuela, con samples y scratches hizo gala de una habilidad que pocos poseen ya hoy en día.

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Los participantes electrónicos no fueron lo menos, Modeselektor fue la estrella de la noche, con su sonido obscuro, le quitó el agotamiento a cualquiera. No hay duda de porque muchos de los asistentes los consideraban los headliners del festival, el escenario principal se llenó a reventar cuando comenzaron a hacer maravillas, con una música que me hacía pensar en algún antro underground en europa del este, lleno de sustancias de esas que alteran los sentidos.

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Antes que ellos, Salón Acapulco representando su nombre con su música, no solo se quedó con su interpretación personal de “tequila”, además presentó en sus pantallas la queja del pueblo mexicano, y en especial guerrerense, de la aparición con vida de los 43 estudiantes desaparecidos de ayotzinapa. Algo que era esencial en este festival lo demostraron en el escenario: la profunda conciencia y el respeto de los asistentes y los organizadores.

Dormir en el sitio también fue parte importante de la experiencia, quedarse en una casa de campaña completamente agotado por el baile, mientras de fondo seguías escuchando la música, pero también los sonidos de la naturaleza, hizo que tuviera una noche de descanso reparador que me hacía falta desde semanas. Y por supuesto, levantarme temprano en la mañana para continuar la fiesta y ver a toda la gente cruda, fue algo completamente hilarante además de identificativo, a pesar del buen descanso, la sensación de destrucción no estaba ausente.

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Durante el segundo día, todo se desarrolló en el asoleadero, parecía que el plan del festival era mantener un ritmo más relajado para hacer más llevadero el desvelo de los participantes. Una serie de puestos de desayuno, servían chilaquiles a los más crudos. La música era mucho más tranquila, el prefecto soundtrack de un día de veraneo.

Los más destacados del segundo día fueron sin duda Generationals, un dueto de nueva Orleans, que me tienen completamente seguro de ser un par de viajeros en el tiempo. Cuando comenzaron a tocar, podría apostar que toda la gente regresó de lleno a los 70’s; y Slow Magic, un chico interesantísimo que toca un par de tambores al ritmo de su set mezclado en vivo, todo esto, mientras usa una máscara de colores, y un chaleco hecho de pedazos de tela, todo en un género musical que el mismo describe como: “la música que hace tu mejor amigo imaginario”. Slow Magic es de las mejores propuestas que conocí en este festival, por el tipo de sonidos que utiliza, y la sensación y energía que hace con una música tan compleja, que a mi parecer es de los más recomendables.

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Al final de la pachanga, todo el mundo fue a sus casas y como era de esperarse, la magia fue muriendo poco a poco. Aun me entristece pensar en ver como se desmontaba el festival mientras esperaba al transporte. En definitiva Bahidorá no es solo un festival, es una experiencia, y es una experiencia, que tienen que vivir aunque sea una vez en la vida, independientemente de si solo conocen una banda del line-up, o si solo escuchan un género musical.

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